
- ¿A qué le tienes miedo?
Por un momento no supo qué contestar. Se quedó callada mirando por la ventana, mientras seguía acariciando su pelo con la mano derecha. Poco a poco se había oscurecido. No notaron siquiera cuándo se puso el sol, y ahora esa luz azulina que anuncia la llegada de la noche iluminaba tenuemente la habitación.
- No sé… a muchas cosas. A las arañas.
Él sonrió vagamente.
- A la senilidad. A llegar a un momento en el que no sepa realmente qué es lo que pasa en mi vida y moverme como en una realidad paralela, mientras todos tienen que cargar conmigo. A ser un estorbo. A perder la conciencia de mi misma.
- A perder el control…
- … sí, a perder el control.